El altruísmo.
Siempre me he preguntado qué lleva a las personas a hacer algo por los demás desinteresadamente.
Quizás debería plantear la pregunta de manera diferente: ¿Qué interés tienen algunas personas en favorecer al otro sin esperar a cambio ningún beneficio concreto?
Doy por hecho que el hombre, en su condición ineludible de animal, actúa siempre por necesidad. Esa puede ser la respuesta. El hombre movido por una necesidad altruísta.
El que es altruísta lo es porque necesita serlo. No le mueven intereses mundanos sino necesidades intrínsecas a su ser. Necesita de la bondad, y como, de partida, resulta difícil encontrarla en los otros, la aplica y la genera.
Con frecuencia asistimos a testimonios de gente altruísta y bondadosa que declara haber descubierto la bondad en el mundo mediante el ejercicio de la propia. Obviamente éste es un resultado muy gratificante, especialmente para aquellos que ven el mundo como un espacio injusto y cruel movido por el egoísmo. En cierta medida combaten el egoísmo fútil con un autoegoísmo trascendental, que no deja de aportarles su propio beneficio; el de conseguir un mundo más bondadoso.
¡Vivan los egoístas de la bondad!
(Eso al menos pensarán las palomas que se alimentan de las migas que esta buena señora les aporta).